En este caso, a la fuerza narrativa y definición de poderosos personajes de Miller se une la excepcional labor gráfica de un gigantesco Bill Senkiewicz, dotando al cómic de un aspecto visual sencillamente arrollador y lleno de genio hasta los topes. Porque, sin duda, este cómic consigue transmitir un nivel de extrañeza alucinante, descolocando en un primer momento pero haciendo encajar las piezas después con eficacia. Aparte de esa atmósfera enrarecida, densa y desasosegante creada por medio de mezclas de estilos, riesgo y transgresión, Miller contribuye al poder del producto con los habituales pensamientos internos de sus personajes que hacen avanzar la historia de modo contundente y fascinante.

Como es típico en él, Miller provoca la caída en los infiernos de su (anti) héroe/heroína para después hacerlo/a renacer de su miseria y permitir su redención; todo ésto desarrollado en un contexto ultraviolento y ultracorrupto, claro. Además, hace uso de numerosos símbolos católicos.

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